#Mis10Confesiones

Un intenso olor a lluvia

En estos momentos entra por mi ventana el sutil aroma del pavimento mojado. Quizá, en otra época, fuese un hediondo olor a barro lo que oliese tras la lluvia; doy gracias por no haber nacido ayer. La intensa fragancia que se siente en el aire, que se palpa, que casi se puede tocar, me transporta. ¿A dónde? A donde sea.

A Napoleón, por ejemplo. Quién sabe si llovía también cuando decidió asediar Zaragoza. O cuando ardió Numancia. La lluvia no lava la muerte. No se la lleva. Quizás la limpia un poco. Pero los cadáveres siguen aquí, ojiblancos, perdidos en la nada. Nunca vuelven. Los muertos no regresan. A veces me pregunto, ¿cómo hubo de sentirse el primer hombre que vio morir a su hermano? O, aún más macabro: el primero que no lo vio regresar. ¿Ha sido siempre la muerte definitiva? ¿O hubo alguna vez…?

La lluvia me trae de vuelta cruelmente. El pasado duele. Todos tenemos un pasado, por cercano que sea. El niño que llora es porque recuerda. El adulto que llora, es que desearía no hacerlo. El pasado es una carga demasiado fuerte porque no pesa nada. Y como nada pesa, nada podemos dejar atrás; o quizás si. Lo bueno. Quizá la lluvia.

Magallanes desenvaina su espada en la isla de Guam. Quizá también llovía entonces. Sus camaradas lo han dejado atrás, aunque ellos también morirán más tarde. Lo único que les recibió a su llegada fueron las fatales flechas de quienes han sido perturbados. Su contrincante no tiene un sable en sus manos. Tampoco sujeta cañón alguno. Dos palos de bambú son sus armas. Magallanes espera. El tiempo pasa. Lento. El filipino se lanza, mortal. Los golpes se intercambian, pero el portugués no es rival. Su rótula sale volando. La pierna falla. La cabeza cruje bajo el golpe inmisericorde. El cuerpo queda fláccido. La sangre se mezcla con el agua que cae.

De nuevo he vuelto, pero a regañadientes. El cielo sigue sin abrirse. Las nubes observan la ciudad aletargada. Aquí siempre hace viento, pero hoy no. Hoy todo parece en calma. En otro lugar del mundo no llueve, pero caen misiles y proyectiles. Niños inocentes sufren la cólera de un país vecino. O del propio. Ya no existe la ética más allá del concepto. El concepto del dinero, sin embargo, parece cada vez más real.

En Londres siempre llueve. John Lennon debió de crecer entre cristales empañados. La música de los Beatles invita a las tardes de lluvia. Al vinilo y al humo. Lennon murió lejos de casa. En Nueva York. La ciudad que nunca duerme. Que no descansa. Que se levanta sobre los huesos de una colonia holandesa. Muchos huesos hay bajo las calles de Nueva York, pero el cantante se convirtió en ceniza. Nadie sabe donde está escondido ahora; quizás sea mejor así. Quizás ya no le gustaba la lluvia, tras tantos años de tener que vivir con ella. Quizás la lluvia sea un poco como los recuerdos.

No son los planificados, por cierto, los que nos hacen daño, sino los aleatorios. Cuando saltamos de un lado a otro y pisamos donde no queremos pisar; ahí. ¿Por qué volvemos, si tanto odiamos volver? Quizás es porque guardan algo de nosotros. Quizás es porque nos hacen sentir un poco más humanos. Un poco menos como los muertos que nos observan. Desde arriba, desde abajo. Qué importa.

Ha vuelto a llover. Pero ya no huele a lluvia.